Hoy ha sido el día terrible en el que he tenido que decidir dormirte para siempre, Muse.
Se me pasó la mañana sin darme cuenta de que hoy iba a ser ese terrible día, y ahora, en el silencio de la noche, intento dormir sabiendo que ya no estás.
Me pregunto donde van las almas tan bonitas como la tuya... me pregunto si de algún modo estás conmigo, con nosotros, tu familia humana, buscando nuestra compañía, como cada noche de estos últimos 11 años.
Aún no puedo asimilar que ya no voy a volver a escuchar tus sigilosos pasos pon el pasillo, o tus carreras nocturnas, o la fricción de tu arenero, que tantas veces limpié.
No he sido capaz de mirarte a los ojos, a tus bellos ojos verdes. Tan solo he podido abrazarte todo el tiempo que ha durado tu viaje entre la vida y la muerte, ese viaje que he pedido para ti, para evitarte sufrir, y evitármelo a mí también.
Un ser tan infinito como tú se ha marchado para siempre, y yo aún no soporto el dolor de recordarte tan indefenso, sobre la mesa metálica en la que te has recostado por última vez... tu hipnótica mirada, tu hermoso pelo rubio, las almohadillas de tus patitas, tus preciosas orejitas, la punta blanca de tu rabito, como un pincel... ya nunca volveré a sentirlas, ya nunca volverán a ser vida...
Espero que lo hayas entendido, que hayas sentido todo el amor que vertían mis lágrimas sobre tu lomo, y que, allí donde estén las almas bonitas, seas feliz. Nunca te olvidaré Muse.