UN INSTANTE ETERNO, FABULADO EN MI MEMORIA
Aquella noche la pasó, como otras muchas, viajando entre drogas, canciones y versos. Fuera, la luz del alba iluminaba el horizonte de olivos y alcornoques. Dentro la mirada perdida de Robe caminaba como quien escucha voces que no pertenecen al presente.
Cerca de Plasencia, en un bar de los que cerraban al amanecer, quedábamos los de siempre: los perdidos, los inadaptados, los que nos negábamos a encajar en esa rancia cultura de misa de domingo. Me acerqué a Robe, que tenía en sus manos un pequeño cuaderno con una caligrafía irregular, casi herida. Tras salir del viaje en el que parecía estar inmerso, me susurró que en aquellas hojas escribía sus mensajes al mundo: “Unas grietas que cantan”, murmuraba.
Como en un conjuro, me repitió una enigmática frase: -“Con signos de rock transgresivo, invento una nueva lengua que suplante la lengua misteriosa y dolorosa del mundo, un lenguaje sin florituras, pura poesía castúa entreverada de música y blasfemias”-. Lo pronunciaba despacio, como rescatando cada palabra de un sueño no terminado. Después abrió el cuaderno y, con cierta guasa, me mostró una de las frases: “Me levanté hasta los huevos de vivir, te vi pasar y ahora ya vuelvo a sonreír”. Creo que así era él. A ratos parecía sufrir, a ratos renacer.
La frase formaba parte de uno de los temas que estaba componiendo con algunos “colegas” en un grupo de rock. Pioneros del crowfunding, palabreja que nadie había escuchado aún en aquel tiempo y espacio, aquellos músicos repartían una papeleta, canjeable por un futuro disco, a todo el que les diera mil pesetas para ayudar en su grabación. Siempre me he sentido muy orgullosa de ser una de aquellos doscientos cincuenta mecenas.
Extremoduro, ¡les encantaba el nombre!, evocación a tierra y a dificultades. la dureza que sentían como extraterrestres en un planeta que no les entendía, un patrón en el que no encajaba el alma de los artistas.
El sol salió completamente y los dueños de aquel garito nos echaron. Mis ojos, cegados por la luz y cargados de humo, vieron a Robe volverse liviano, casi traslúcido, como si la música que llevaba dentro lo estuviera adelgazando hacia otra dimensión de la que ya nunca le vi salir, porque ya nunca le volví a ver fuera de un escenario.
Extremoduro no paró de dar conciertos aquel año, y para bien, o muchas veces para mal, no había extremeño que no hubiera oído hablar de ellos. Consiguieron grabar aquel primer disco y su fama transcendió la región, y más tarde el país. Atrapados en una marabunta de contratos, eventos y entrevistas, los miembros del grupo iban aumentando su fama, pero no lograban salir de la oscuridad de los inadaptados. El camino fue duro y extremo, pero Robe entendió que era el único sendero para su lengua misteriosa… A ratos sufrir, a ratos renacer.
Hoy, al despertar en otra alba, la pantalla del móvil ha captado mi atención: “Muere Robe Iniesta, el alma de Extremoduro”. He sentido una presión en el pecho y una descarga me ha atravesado con los recuerdos de aquella noche cerca de Plasencia. Flashes de otro tiempo en el que un Robe anónimo me enseñó su poesía, ese lenguaje de “desvaríos” con los que “se abrazó tan fuerte al vacío, que acabó por desaparecer.”
Gracias por ese instante real que, eternamente, quedará ya fabulado en mi memoria con la imagen de un Robe traslúcido que deja pasar a través de sí una deslumbrante luz, la suya. Vuela alto.
